La historia del arte: mi prisión

Ejercicio de introspección sobre mi experiencia en el campo de la historia del arte.

Siempre es difícil escribir sobre lo que no nos gusta, lo que nos avergüenza, lo que nos ha salido mal, en lo que hemos fracasado. Voy al grano, mi relación con la historia del arte es verdaderamente decepcionante.

Me separan 8 años desde que me gradué en la universidad. Pensaba que algún día haría la historia del arte mi profesión, que podría aportar y llegar a mucha gente compartiendo lo que más amo. Pero no ha sido así. Después de 8 años de trabajo independiente, me duele mucho admitir que lo que fue mi pasión al principio, se ha convertido en mi prisión. En este ejercicio de sinceridad quiero compartir algunos de mis pensamientos acerca de este campo, desde su vertiente laboral hasta académica, para llegar al terreno personal. Siento que ha llegado la hora de decir lo que verdaderamente llevo pensando mucho tiempo. Por último quiero remarcar que esta es mi historia, totalmente subjetiva y condicionada por mis experiencias, decisiones, entorno político y socioeconómico, al cual he estado muy expuesta. Soy una persona que vivo en una sociedad, con lo cual, estoy fuertemente influida por sus factores. No encontraréis aquí la típica historia de alguien que ha alcanzado su sueño, os ahorro el tiempo de lectura. Escribo desde el cansancio, desde una posición de agotamiento, vamos: la historia del arte me ha abandonado, igual que un amor no correspondido.

Comienzo afirmando que la cultura en España parte de un sector maltratado, abandonado, subcontratado y precarizado, y eso no es una sorpresa para nadie, tampoco para mí cuando estudié historia del arte. Conozco muchos profesionales independientes e investigadores que han tenido el privilegio de hacerse un hueco en este difícil mundo, realizando visitas guiadas, cursos, conferencias, doctorados, proyectos, algunos de ellos sin cobrar, otros cobrando sueldos miserables etc. Desde aquí solo puedo decir que, primero es una lástima que ganar un sueldo medianamente digno en este sector sea un privilegio y segundo, me corroe por dentro la envidia sana. Siento una gran admiración por todos y cada uno de vosotros, por vuestro esfuerzo diario, valor y coraje. Gracias.

Por lo que a mí respecta, hace un par de años que no le puedo dedicar a esta disciplina todas las horas de lectura, de escritura e investigación que me hubiese gustado por una razón muy sencilla, porque como cualquier persona primero tengo que trabajar para subsistir. Vivir hasta los 50 años en casa de mis padres nunca ha estado dentro de mis planes, todo lo contrario. He preferido valerme por mí misma con pocos recursos pero ser feliz por crecer a mi aire, forjándome a mí misma.Para ser honestos, no vengo de una familia rica, más bien todo lo contrario, de gente humilde y muy trabajadora. Me pagué la universidad gracias a las becas que me concedían por mis buenas notas, porque si no, mis padres no me hubiesen podido pagar los estudios. Tampoco estudié historia del arte para hacerme millonaria. Me vienen a la mente todas aquellas personas que me decían “la historia del arte no tiene salidas”, desde tu vecina hasta el panadero cuando les decía que iba a estudiar historia del arte o que estaba estudiando ya la carrera. Si hoy en día tengo un buen trabajo es porque tengo un grado universitario e idiomas, no por mis conocimientos en transmisión de modelos pictóricos flamencos a los pintores de la Corona de Aragón en el siglo XV. Pero a mí no me importaba en absoluto, porque yo era feliz, porque ese momento seguía mi corazón y mi propósito estaban alineados. Más tarde me descubrí pensando “para vivir necesitas trabajar y la historia del arte no te va a dar de comer”, pero esa era una voz que yo me negaba a escuchar. Desde hace bastantes años sufro un desencanto que puede parecer contradictorio e incluso sorprendente; he seguido estando activa en RRSS, e incluso haciendo visitas guiadas, visitando museos, etc. Pero creedme que la condena seguía vigente incluso teniendo delante la Venus de Boticelli en el Palazzo degli Uffizzi. Es una piedra en el zapato que me molestaba mientras caminaba.

De momento no he podido dedicarme a lo que más me apasiona y quiero: los tapices y la pintura flamenca porque sinceramente no sé como hacerlo, ¿una causa perdida? Quizás sí. Me imagino por la calle proporcionando panfletos a la gente: ¿ha escuchado hablar ud. de los tapices flamencos y las alfombras persas? ¿quiere conocer más sobre estos bellos objetos? Creedme, esa es la condena a la que me refiero en el título de este blog. El hecho de haberme esforzado tanto, las horas de dedicación, los viajes, las esperanzas e ilusiones que han servido de poco o nada, hace que sienta que este camino que un día elegí, ya no es para mí por el escaso feedback que recibo. También admito que no me he embarcado en másteres, ni doctorados, ni programas académicos oficiales ultraespecializadores porque pienso que tampoco son garantía de un sueldo digno ni una estabilidad laboral ni de nada en absoluto.

Por eso elegí trabajar desde 2013 la historia del arte desde los márgenes. Durante unos años pude compaginar trabajos de pocas horas bastante miserables con mis estudios, ahí fue donde descubrí la cara más amarga de la precariedad laboral en el sector cultura, especialmente en los jóvenes. Puedo decir que tengo un máster en el arte de ser precaria. De ahí nace mi enfado, un gran enfado que no se ha calmado, el cual reconozco que sigo sin conciliarme con él. Tengo muchos motivos para seguir enfadada viendo como en muchísimos equipamientos culturales, mis compañeros y compañeras de trabajo había gente preparadísima, brillante, que hablaban múltiples idiomas, gente con un talento extraordinario vigilando salas de museos por 6€ la hora y sin derecho a vacaciones. Desolador.

También es desolador sentir que el esfuerzo de tantos años no ha servido para lo que tú esperabas y que piensas que lo que ha mantenido la ilusión por continuar escribiendo, aprendiendo e investigando ha sido el autoengaño. Lo de hacer las cosas “por amor al arte” se me ha acabado. Me rindo.

Lo que aprendí en la universidad no me ha dado de comer, en cambio, todo lo que aprendí fuera de ella, sí. Igual no he sido lo suficientemente buena para dedicarme a ello, o lo suficientemente valiente, o lo suficientemente lo-que-sea-que-sea-necesario. A estas alturas de la historia me da igual porque sé que en mi fuero interno la vida no me ha llevado por aquí por el motivo que sea, como sí me ha llevado por otros caminos. En conclusión: pocos frutos he recogido de este campo.

Creo que he llegado a un momento en el que soy capaz de discernir y aceptar que el espejismo de una exitosa carrera como historiadora del arte ha sido simplemente eso, un espejismo, una ilusión sin fundamento que nunca llegará. Duele admitirlo porque es aceptar la muerte de una parte de ti. Durante mucho tiempo he sentido su sabor agridulce pero no me ha importado. Hoy sí, me he cansado de medias tintas, del “sí pero no”, del “algún día haré” y nunca hacerlo porque me aterra.

Hoy decido que esto no es para mí, y prefiero descansar en una verdad que aún que sea incómoda, al menos no me atravesarán los clavos del autoengaño.

Cierro este capítulo para poner paz a la batalla.

Si no, ¿de dónde pensabais que venía el título de «El arte no viene de Marte»?

Tamar, 26/10/21

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