Yun Hyong-Keun: El paraíso está a las puertas

 

Esta entrada está dedicada a un artista surcoreano al que le dedicaron una exposición retrospectiva en el Museo de Arte Contemporáneo de Seúl el pasado septiembre de 2018.

Iba caminando sin demasiado rumbo, hasta que entré en la exposición temporal dedicada a su obra. Al cruzar el umbral que separaba el espacio del vestíbulo hacia el que ocupaba su obra, me di cuenta que estaba cruzando una línea invisible en la que abandonaba la neutralidad clínica del museo para dirigirme al espacio privado de un hogar austero, o quizás y remotamente, a un lugar de reclusión.

Yun Hyong Keun en su taller en 1980.
Yun Hyun Keun en su estudio, 1980. c. MMCA

O eso o ver a través de la verticalidad de unos barrotes. Muy en la línea de las reiteradas ocasiones que Yun estuvo en la cárcel, un suceso que impactó en su
obra de forma contundente, quizás la experiencia más visceral que definirá  su estilo.

Kim Hyong Keun vivió condiconado por los conflictos con Corea del Norte a principios de la década de los 50. Su hermano mayor desapareció durante la guerra civil (1950-1953) y tiempo después se supo que huyó a Corea del Norte.  Keun se conviertió automáticamente en el sustento de su familia junto con su padre y se encarga de la educación de sus hermanos menores, tal como indica la tradición coreana.

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Yun Hyong-Keun. Sin título. 1980. Óleo sobre lino. Coleccíon MMCA.

Durante ese tiempo, Keun trabajó como pintor en diferentes bases militares americanas pintando retratos a los soldados durante diez años. Eso le sirvió para ahorrar algo de dinero, comprar un terreno y algunas vaca, trans curriendo así los años durante un periodo marcado por la escasez y el miedo. Una vez acabada la guerra, la tensión social y política resultante, después de tres años de guerra civil seguían vigentes, pues el armisticio del 27 de julio de 1953 sirvió para fijar la linea de demarcación fronteriza entre la República Popular de Corea y la República de Corea; para establecer disposiciones para el alto al fuego y también proponer recomendaciones admimistrativas a los futuros gobiernos de ambos países, pero no sirvió para restablecer el bienestar social de una población claramente marcada por los horrores de una guerra civil y lo que supone una partición territorial e ideológica de un país. En consecuencia de la gran fractura —que incluso hoy en día persiste—,  Keun vivió un episodio crítico en 1956, fruto de la tensión política que no se había superado. La policía descubrió que el pintor tenía en su posesión un retrato de Kim Il Sung y de Josif Stalin, por lo que fue castigado con una pena de cinco años de cárcel, los cuales se redujeron finalmente a seis meses. La justicia no tuvo en cuenta en ningún momento que bajo el dominio del ejército de Corea del Norte en 1950, la población se vio sometida a realizar trabajos para dicha autoridad, de ahí que Keun hubiera pintado sendos retratos de líderes comunistas por cuestión de necesidad y no por propia convicción.

Esos seis meses de cárcel fueron la primera de diversas manchas negras en el historial de Kim Hyong Keun. Una vez cumplida su condena quiso volver a la universidad a terminar sus estudios, perola Universidad de Seúl tuvo demasiado en cuenta su desencuentro con la ley y lo rechazó. No fue así en la Universidad de Hongik, donde sí pudo graduarse en 1957. Su trayectoria prosiguió sin demasiadas complicaciones llegando a ser profesor de arte en la escuela femenina de Sookmyung en 1961, posteriormente contrajo matrimonio y tuvo hijos, gozaba de una vida formalmente tranquila. Hasta 1972.

Llegó a los oídos de Keun que a una alumna se le había permitido el acceso a la escuela superior a pesar de haber suspendido el examen de ingreso. La noticia enojó muchísimo al pintor y fue a pedir explicaciones al director. La mala fortuna atendió de nuevo a Keun, siendo el padre de dicha alumna, un importante directivo  vinculado con el régimen militar de Park Chung Hee. Al día siguiente la policía arrestó a Keun y lo llevaron a la Agencia Central de Inteligencia Coreana (ACIC), donde le acusaron de poseer un sombrero parecido al de Vladimir Lenin y por lo tanto, debía ser castigado por ello. Increíble, ¿verdad? Desgraciadamente la historia no termina ahí. Su estancia en la prisión de Seodaemun duró un mes, no obstante, pasó a un cautiverio quizás más cruel y devastador, el de la alienación social ¿El motivo? haber sido acusado de tener una ideología afín al comunismo.

Durante diez años Keun sufrió el rechazo de familiares, amigos y vecinos. Para más inri estuvo bajo vigilancia policial (no fuera a ser que tuviera la tentación de pintar otro retrato de Kim Il Sung). Sus movimientos estaban siendo controlados la mayor parte del tiempo, por lo que su márgen de acción era bastante reducido. También se vio rechazado —de nuevo esa tremenda losa sobre sus espaldas — en todos los trabajos a los que optaba. Kim Hyong Keun, bajo esas crueles circunstancias, quedó recluído en su casa, donde a pesar de los desfaborables agentes externos que le impedían tener una vida normal, creó un universo artístico en la privacidad del espacio hogareño.

Aquí es donde su obra adquiere una maduración que define el rumbo de su brújula estética, donde los engranajes de la maquinaria que definirá su estilo comienzan a ponerse en marcha. Él entiende el minimalismo y la austeridad como la traducción artística producto de la soledad y la reclusión. Si en su obra primeriza, su paleta cromática admitía algún que otro color, a partir del suceso de 1972, la policromía dejó de ser un recurso para él y pasó a ser meramente <<ruido>>:  “Mi pintura cambió completamente en 1973, debido a la rabia que sentí cuando me dejaron en libertad de la prisión de Seodaemun. Antes de eso, utilizaba colores, pero entonces empecé a detestarlos y a cualquier cosa estridente. Es por eso que mis dibujos se volvieron oscuros. Usé la pintura para maldecir y desahogarme de todo el despecho que había dentro de mi”.

Era evidente el bajo continuo de su trabajo y comprendí que la pintura de Yun, desde un punto de vista estético, era como ver el mundo a través de una cortina translúcida; los objetos que se vislumbran se muestran borrosos, distantes y hasta cierto punto etéreos, pero no volátiles. Es más, me imagino el momento exacto en el que se abren los ojos por la mañana y la claridad cegadora únicamente permite vislumbrar vagas siluetas durante unos instantes. El momento exacto en el que no se captan todavía las formas definidas de los objetos, el momento justo en el que abandonamos el mundo onírico que existe sólo en nuestra cabeza y cruzamos el umbral que lleva a la tiranía de la realidad material.  Pensé (y sigo pensando) que Yun tuvo la capacidad de interiorizar la esencia de esa transición e ir hacia el núcleo de la experiencia artística más pura. En definitiva, una pintura que da como resultado un mensaje escueto, pero directo y rotundo, tal como escribió en su diario,  “los objetos realmente buenos, o las buenas pinturas siempre van directas al grano, sin nada externo. La cuestión es como bajar hacia el corazón de la materia”.

Examinando un cuadro tras otro, me dio la sensación de que el universo pictórico de Keun se cimentaba en un negro orgánico formado por restos de materiales vivos, marrones oscuros y beige. Un coro visceral que parte de las emociones primarias como la rabia y como de éstas pueden brotar imágenes equilibradas y armónicas.  La figuración en ellos era inexistente, bastaban cuerpos geométricos monolíticos que configuraban y organizaban el espacio del lienzo a su antojo, creando composiciones rígidas. Tenía la impresión de estar viendo cuadros de un cierto aire familiar, ecos lejanos de un Alfons Borrell, volviéndome a encontrar a uno de esos artistas que no necesitan más que dos colores en su paleta, un lienzo grande como una alfombra y una escoba como pincel. No obstante, Keun reflexiona sobre la naturaleza y el paisaje de forma abstracta incluso interviniendo lo mas mínimo en la preparación del lienzo. Para crear un efecto más austero, crudo, terrenal y orgánico,  aplicaba simplemente una fina capa de gelatina para uniformizar la superficie de la tela. El 10 de junio de 1990 escribe una nota en su diario personal (me encantan los diarios de artistas, ese recurso tan humano y tan útil) muy bonita: “la tierra, los árboles y las rocas son lo que es bonito. Sin lugar a dudas, son simples y se encumbran sobre cualquier cosa producida por las personas, sin importar el talento con el que fueron hechas.”

El artista nos abre las puertas hacia su particular visión del mundo, sin anestesia. Nos quiere mostrar mediante una apelación emocional directa  los rincones en los que sintió el desgarro de la ira y la frustración, producto de la condición del ser humano. Kim Hyong Keun nos acompaña a la última frontera donde se sitúa el umbral de su paraíso, el cual tiene socabadas unas profundas raíces en la tierra, quizás, para recordarnos dónde descansan nuestros pies al fin y al cabo.

 

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Yun Hyong-keun, Umber-Blue, 1976-1977. Óleo sobre algodón. © Yun Seong-ryeol.

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